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Una actitud que se ve a veces en la venta de una casa o departamento, es que su dueño se pone excesivamente selectivo con los potenciales compradores, y eso produce demoras en la operación y en su sueño de mudarse.

¿Cómo se sale de esa trampa?

Aquí te lo contamos.

Dispuestos a comprar

Una persona pone en venta su casa por medio de un corredor inmobiliario profesional, y empiezan a visitarla los potenciales interesados.

Pasan unas semanas y de entre ellos surgen dos muy dispuestos a comprarla.

Pero, de pronto, el propietario hace algunos cuestionamientos.

Por ejemplo, no lo convence que la primera interesada planee poner en el inmueble un taller de reciclado de papel o una academia de arte.

O que el otro interesado no le cae muy simpático o expresó algunas ideas políticas que no le gustan.

Ambos potenciales compradores están de acuerdo con el valor pedido y dispuestos a concretar la operación.

¿Qué sucede?

A veces por inseguridad o por indecisión, o porque en el fondo al propietario le da pena o agobio mudarse, frena el curso de la operación.

Esto es menos raro de lo que parece y no está mal: es lo que es.

Pero, claro, ello produce fricciones.

El potencial comprador puede empezar a buscar otras opciones, o un familiar del propietario le expresará que no comprende por qué no seguir adelante.

Sentimientos y negocios

El corredor inmobiliario tiene aquí un papel central. Y es el de explicarle al vendedor que no es aconsejable mezclar los sentimientos con los negocios.

Aunque el vendedor vea que el potencial comprador no lo satisface completamente, tiene que pensar que esa persona cuenta con los recursos para que él mismo cumpla su proyecto. Y ese proyecto consiste en mudarse a un barrio mejor, o más cercano a su trabajo o a la casa de una hija, o reducir los gastos fijos y tener una vida más equilibrada.

El comprador es nada más y nada menos que la persona que va a ayudar al vendedor a ampliar su horizonte, a ir tras su deseo: el de hacer un cambio positivo.

Aquí vienen bien las palabras del filósofo Viktor Frankl: “Cuando no somos capaces ya de cambiar una situación, nos enfrentamos al reto de cambiarnos nosotros mismos”.

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